¿Qué es la brecha de desigualdad entre los géneros?

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Desde la división sexual del trabajo, las mujeres y los hombres han sido designados(as) para desempeñar ciertos roles que han provocado división entre lo público Vs. privado; lo productivo Vs. reproductivo. Así, la identidad masculina se ha desarrollado para funcionar en lo productivo, generar y percibir riqueza, así como transitar en un sistema económico estructurado. Por su parte, las mujeres fueron asignadas para la ahora conocida como “economía del cuidado”, que implica el mantenimiento de la casa, la maternidad y el sostenimiento de la vida, actividades de importancia vital, sin embargo, no generan remuneración alguna, ni se desarrollan en esquemas económicos formales.

Ahora, si ubicamos la permanente división sexual del trabajo en un mundo donde la calidad de vida está sostenida en gran medida por el nivel de ingresos y el poder adquisitivo, se evidencian la desigualdad y las dificultades que las mujeres han enfrentado históricamente.

Por otro lado, “ser mujer” ha sido considerado como una característica poco fiable para cargos que requieren tomar decisiones, ejercer poder o ganar riquezas. Por lo tanto, las mujeres se han visto excluídas de muchos sectores, en algunos casos aisladas en el espacio doméstico, no porque éste no sea valioso, sino por que se consideran incapaces a sí mismas de lograr algo si cruzan la puerta de lo privado, generando así, dependencia hacia los recursos y decisiones de los varones.

En este sentido, el liderazgo y participación política de las mujeres se pone en riesgo de no existir, desde los organismos internacionales se revela que las mujeres tienen escasa representatividad, al igual que en puestos directivos, ya sea por cargos electos, en la administración pública, el sector privado o el mundo académico. Esta situación contrasta con su indudable capacidad como lideresas y agentes de cambio. (ONU, 2016)

Como contraparte, los hombres han aprendido a fungir el rol de proveedores, realizan grandes esfuerzos para adquirir el ingreso, asumen riesgos y han aprendido a realizar inversiones, son los hombres los que históricamente han ocupado la mayoría de las sillas de cargos con decisión política y económica en el mundo; espacios en donde se tiene rostro y se adquieren los elementos asociados con el poder.

Podríamos pensar que de esta manera está en orden el mundo y ha funcionado eficazmente, sin embargo, la división entre hombres y mujeres los ha atrapado en únicas supuestas maneras y lugares para ser. A ambos les ha negado la posibilidad de conocer y probar sus recursos fuera del ámbito en el que habitualmente funcionan. Efectivamente, las mujeres y los hombres son diferentes, incluso las mujeres son diferentes a otras mujeres, los hombres respecto a otros hombres; el problema no son las diferencias, lo grave del asunto es que se volvieron desigualdades que en algún punto se limitan las posibilidades, y obstaculizan el ejercicio pleno de derechos humanos.

“Ciertamente, hoy las mujeres gozan de más libertad para ejercer sus derechos como elegir pareja o el número de hijas/os que deciden tener y el espacio entre ellos; también para ejercer un oficio o profesión o su participación en organizaciones ciudadanas o políticas. No obstante siguen asumiendo la responsabilidad de las tareas domésticas y el cuidado de las hijas/os y afrontan obstáculos para gozar de más recursos, oportunidades y tiempo para desarrollar sus deseos o capacidades. Prueba de ello es que las mujeres dedican 42.35 horas a la semana a las actividades domésticas, mientras los hombres destinan 15.20 horas” (Sistema de Indicadores de Género (SIG) del Inmujeres).

La buena noticia es que los roles de género han sido aprendidos, por lo tanto, se pueden des-aprender y re-aprender para luego tejer alianzas entre hombres y mujeres en diferentes ámbitos, reduciendo con ello altos costos y las desigualdades.

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